Rodrigo no amaba los
objetos, no de la misma manera como los amaba su padre. No con
auténtica devoción, no como si tuvieran alma, sueños o miedos. No
como se ama a una persona. Su padre podía pasarse horas y horas
abriendo las cajas que le llegaban de las diversas empresas para las
que trabajaba contemplando ollas, sartenes y cuchillos, acariciando
con la mirada teléfonos, radios y despertadores, desnudando de un
vistazo lotes de maquillaje, máquinas milagrosas para adelgazar y
batamantas. Él hacía ver que sólo abría las cajas para asegurarse
de que todo estuviera en orden, pero Rodrigo había aprendido a
reconocer sus miradas. Sabía qué puntuación daba su padre a cada
objeto sólo por cómo movía sus labios, por la posición de las
cejas o el ritmo de la respiración. Había aprendido a conocerlo
hasta tal punto porque no tenía nada mejor que hacer. Hasta donde
alcanzaban sus recuerdos siempre lo había acompañado, al salir del
colegio, a vender objetos a domicilio con la eterna Volkswagen blanca
e impoluta. Era tan aburrida esa furgoneta que ni siquiera había
sufrido nunca una ralladura, un golpe, ni una cagada de paloma,
seguramente los mismos pájaros se aburrían de sólo mirarla y
decidían depositar sus necesidades en otro vehículo algo más
vivaracho, había pensado él siempre. Nada más. No hacía los
deberes, ni jugaba a fútbol con otros niños de su edad, ni siquiera
caminaba nunca veinte metros seguidos para ir a ningún sitio. Su
padre aparcaba siempre lo más cerca posible de los domicilios, se
contemplaba unos segundos en el espejo retrovisor del coche y después
ensayaban. A ver esa cara. Más triste. Más. No me das pena. ¿Se
puede saber qué te pasa hoy? Hay que vender ese televisor como sea.
Vamos, hombre, con ese jeto no te daba yo ni un paquete de chicles. Y
así un día tras otro, iguales e imperturbables. Y su padre, en su
verborrea infinita en el umbral de la intimidad de cada uno de sus
posibles clientes, les sacaba todas sus virtudes, y lo hacía tan
bien que muchas personas creían que realmente iban a ser más
felices a partir de ese momento, porque esa faja increíble para
realzar los senos iba a marcar un antes y un después en su vida.
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| Ilustración: Celia Villalobos |
Así las cosas, un
día, y exactamente diecisiete años y dos meses después de su
nacimiento, la vida de Rodrigo cambió. Su padre había mejorado en
los últimos años su reputación en la empresa, estaba dentro del
ranking de los diez comerciales que más vendían y la última vez
que había visitado la sede de la compañía hasta le habían
dedicado un aplauso varias personas, o al menos eso contaba él,
extasiado y con los ojos al límite de sus órbitas. Así que la
empresa le amplió el radio territorial y lo envió a las provincias
de la costa, donde el cliente era de más categoría y de rebote
también los objetos que él vendía. El padre de Rodrigo no cabía
en su alegría. Su mirada se había transformado, y ahora era más
salvaje, algo incluso más inhumana que antes, y su media sonrisa
permanente destilaba algo que Rodrigo nunca antes había percibido,
algo que no presagiaba nada bueno. Y entonces, una hora y media
después de haber partido de la ciudad su padre paró a repostar. Y
Rodrigo: Tengo que ir al lavabo. Y él: Sí, sí… Y al girar la
esquina para dirigirse a los servicios Rodrigo vio por primera vez el
mar. Y a los pocos segundos, aún completamente anonadado por la
visión, oyó el estruendo perfecto del motor de la furgoneta más
aburrida de la Historia y supo que por fin había pasado, que su
padre se había olvidado de él. Como supo también que no volvería
a buscarlo. Lo primero que hizo después fue desnudarse y bañarse en
el agua tibia del mar.
Publicado en Revista Cactus. Septiembre 2013

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